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El Alto Rendimiento Deportivo no puede estar atado a la efervescencia de cada ciclo olímpico o a la reacción ante una crisis. La visibilidad mediática cada cuatro años debe transformarse en una política estructural que garantice recursos, previsibilidad y condiciones de desarrollo constante.

Insertar al ARD en estructuras institucionales duraderas es una decisión estratégica: evita la improvisación, protege a los atletas de la desidia estatal, y permite que el talento se potencie dentro de un ecosistema técnico sólido, más allá del nombre del funcionario de turno. La continuidad no se logra solo con voluntad política, sino con arquitectura institucional que la haga posible.

 

Lecciones de tres casos recientes

Grecia - Atenas 2004

El entusiasmo nacional por ser sede de los Juegos llevó a una inversión masiva en infraestructura. Pero, tras el evento, sin una agencia autónoma ni planificación multianual, el país debió cerrar instalaciones como el estadio olímpico o el velódromo por falta de mantenimiento (Toohey & Veal[1], 2007). La prensa pasó del “orgullo olímpico” al “calvario financiero”, y el legado deportivo quedó reducido a ruinas costosas.

 

Brasil - Río 2016

Los Juegos Olímpicos de Río 2016 marcaron un hito deportivo para Brasil, con un rendimiento histórico respaldado por un fuerte apoyo económico en los años previos al evento. El país invirtió más de 4.000 millones de reales en infraestructura y programas de alto rendimiento, alcanzando su mejor cosecha olímpica hasta la fecha con 19 medallas. Este desempeño se sostuvo en un esquema extraordinario de financiamiento que combinó recursos de Petrobras, la Lotería Federal y el banco estatal BNDES, canalizados hacia federaciones, entrenadores y centros de entrenamiento.

 

Sin embargo, tras la finalización de los Juegos, la situación cambió radicalmente. La reducción drástica de los fondos extraordinarios y la ausencia de un marco normativo estable provocaron un vaciamiento progresivo del sistema. Petrobras retiró su apoyo a federaciones como boxeo, esgrima, levantamiento de pesas, taekwondo y judo, mientras que el BNDES dejó de financiar disciplinas como canotaje. Como consecuencia, muchas federaciones quedaron sin recursos para sostener programas de detección de talentos y preparación de atletas.

El deterioro también alcanzó a las instalaciones olímpicas. Espacios emblemáticos como el Deodoro Radical Park, el Aquatics Center y varias arenas del Olympic Park cerraron o quedaron subutilizadas, y el propio Maracanã enfrentó largos períodos de abandono y conflictos por su gestión. Lo que había sido un sistema expansivo y bien financiado entró en una fase de retroceso, poniendo en evidencia la fragilidad de los logros cuando no existe una política pública sostenida por reglas de financiamiento previsibles y estables (Grix, Peixoto, & Lago, 2019).[2].).

 

México – CONADE

México ofrece un ejemplo ilustrativo de cómo la ausencia de una institucionalidad técnica estable puede limitar las posibilidades de desarrollo del alto rendimiento. La Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte ha atravesado ciclos frecuentes de cambios normativos, disputas internas y fluctuaciones presupuestarias que dificultaron la construcción de una política sostenida en el tiempo. La falta de una agencia autónoma especializada en alto rendimiento —con reglas claras, planificación multianual y resguardada de la coyuntura política— generó escenarios de inestabilidad, percepción de discrecionalidad en la asignación de recursos y tensiones recurrentes entre autoridades, federaciones y atletas. A ello se sumaron episodios de auditorías, recortes abruptos y reorientaciones programáticas que modificaron prioridades sin que mediara un plan estratégico integral. El resultado fue un sistema que avanzó por impulsos, con logros individuales destacables, pero con dificultades para consolidar estructuras permanentes de detección de talentos, apoyo al desarrollo y acompañamiento científico-técnico. En perspectiva comparada, México muestra los límites de un modelo excesivamente dependiente de la orientación política del momento y la importancia de contar con marcos institucionales que garanticen continuidad, previsibilidad y profesionalización en la gestión del alto rendimiento.

 

Más allá del fracaso coyuntural: institucionalidad como horizonte

Estos casos no ilustran únicamente fracasos deportivos, sino crisis de gobernanza. Lo que está en juego no es solo el medallero, sino la sostenibilidad de un modelo que articule valores olímpicos con capacidades estatales. Cuando fallan los pilares —transparencia, sostenibilidad, equidad, protección del atleta—, ningún éxito ocasional puede disimular el deterioro estructural.

Como plantea Moore[3] (1995), el valor público se construye no solo con eficacia técnica, sino con legitimidad ética y organizativa. El verdadero rendimiento es el que se sostiene, el que permite al Estado garantizar condiciones dignas y previsibles para sus atletas. El resto —la emoción, el fervor, la visibilidad— no alcanza.



[1] Toohey, K., & Veal, A. J. (2007). The Olympic Games: A Social Science Perspective. CABI Publishing.

[2] Grix, J., Brannagan, P. M., Grimes, H., & Neville, R. (2019). The impact of mega-events on soft power: A historical institutionalist analysis of the Olympic Games in Brazil. Global Society, 33(4), 473–493.

[3] Moore, M. H. (1995). Creating Public Value: Strategic Management in Government. Harvard University Press.