El
privilegio de no encajar
En
el universo del Alto Rendimiento Deportivo argentino, donde los recursos son
escasos, la competencia es feroz y la legitimidad suele medirse en medallas,
hay una frase que resuena con fuerza aunque pocos se atrevan a pronunciarla en
voz alta: “el privilegio de no encajar”.
Puede
parecer una contradicción, pero en realidad encierra una verdad incómoda. En un
sistema que exige encajar para sobrevivir —adaptarse al poder político de
turno, aceptar silencios, compartir foto, levantar eslóganes prefabricados como
“somos equipo” sin convicción—, no encajar y aún así ser invitado a la mesa es
un privilegio que no todos pueden permitirse.
En
teoría, el deporte de alto rendimiento debería premiar el mérito, la
trayectoria, la capacidad técnica y el trabajo sostenido. En la práctica,
muchas veces las decisiones estratégicas —incluyendo la asignación de recursos—
responden más a vínculos personales, afinidades partidarias o alineamientos
circunstanciales que a una planificación rigurosa o a criterios objetivos de
política pública. Y es ahí donde aparece ese fenómeno silencioso: hay actores
del sistema —entrenadores, dirigentes, federaciones— que, aun sin encajar del
todo en el molde oficialista, acceden al financiamiento, al reconocimiento y al
lugar simbólico de pertenencia. Son las excepciones que confirman la regla.
Este
“no encajar” puede manifestarse en una crítica abierta al sistema, en una
autonomía técnica sostenida, en un estilo de gestión distinto, en una
resistencia a los gestos vacíos de marketing deportivo o a las narrativas
épicas impuestas desde arriba. Pero ese gesto de disonancia —cuando es tolerado
y premiado— se vuelve, paradójicamente, una forma de privilegio, porque no
todos los actores pueden asumir ese riesgo sin quedar excluidos del reparto
presupuestario, del armado de las delegaciones, o del circuito institucional
que define quién es visible y quién no.
En
otras palabras, no todos pueden decir “no encajo” y seguir becados. No todos
pueden disentir y seguir convocados. No todos pueden levantar la mano crítica y
seguir incluidos en la foto del sistema.
Lo
más curioso —y políticamente delicado— es que el discurso de la unidad suele
aparecer como cobertura de estas exclusiones selectivas. “Somos equipo” se
dice, pero solo si todos aceptan las reglas no escritas del poder informal: no
cuestionar, no exigir más de lo que se da, no incomodar. En ese marco, el que
no encaja y aún así se mantiene a flote, logra apoyo, visibilidad o respeto, es
visto con recelo. Se le tolera, pero también se le envidia. Tiene, sin saberlo,
el privilegio de no encajar.
Pero
en un país donde el financiamiento del Alto Rendimiento sigue anclado en la
discrecionalidad y en la lógica de la supervivencia institucional, este
fenómeno no puede ser leído solo en clave anecdótica. Nos interpela como señal
de un sistema que aún no ha madurado lo suficiente como para institucionalizar
la pluralidad, la autonomía técnica y el disenso dentro del ecosistema
deportivo. Si solo pueden acceder al financiamiento quienes encajan —o quienes
no encajan pero gozan de inmunidad simbólica—, entonces no estamos ante una
política pública sólida, sino ante una repartija tolerante con sus favoritos.
Pensar
un modelo sostenible para el Alto Rendimiento Deportivo argentino exige
justamente lo contrario: diseñar estructuras que dejen de premiar el encaje
forzado y empiecen a valorar la diferencia como motor de mejora, no como
amenaza al orden establecido. Porque si no encajar sigue siendo un privilegio,
entonces lo que falta no es más disciplina: lo que falta es más democracia
institucional en el financiamiento del deporte.
Y
vos, que estás leyendo este texto. Cuando seas quien dirija, cuando te toque
tomar decisiones, distribuir recursos o definir prioridades: ¿vas a aceptar a
alguien que no encaje? ¿O vas a repetir el patrón, exigiendo encajar como
condición para pertenecer?