Lo político y
lo técnico
Woodrow
Wilson, en The Study of Administration (1887), sostuvo que las
cuestiones administrativas no son cuestiones políticas. La política fija los
grandes objetivos, pero la administración debe ejecutarlos con criterios
técnicos y profesionales, sin permitir que su funcionamiento se vea manipulado por
intereses coyunturales. En el alto rendimiento deportivo, esta distinción es
decisiva: fortalecer los cuadros técnicos y dotarlos de autonomía es la única
manera de consolidar procesos sostenibles.
Separar lo
político de lo técnico no significa despolitizar el deporte, sino
profesionalizar su gestión. Cuando un organismo deportivo se concibe únicamente
como espacio para premiar lealtades partidarias o ubicar “personas de
confianza”, se convierte en una estructura pesada y poco competitiva. En el
deporte de elite, esto se traduce en menos procesos y menos logros. Porque las
medallas no solo se ganan en la pista: se ganan también al costado de ella, en
la planificación administrativa y en la gestión institucional.
Organizaciones
técnicas sin tecnicismo
El Centro
Latinoamericano de Administración para el Desarrollo (CLAD) ya advirtió que
muchos proyectos en América Latina fracasaron no por su diseño, sino por la
incapacidad de implementarlos debido a la falta de profesionalización en los
puestos de conducción. En el deporte de alto rendimiento, esto se expresa
cuando las becas se asignan sin criterios claros, cuando entrenadores son
elegidos por afinidad política o cuando federaciones reciben apoyo sin
planificación.
Estas
decisiones, que deberían responder a criterios técnicos, terminan desmotivando
a los cuadros profesionales, erosionando la confianza de los atletas y
rompiendo procesos de años. Como advirtió Nelson Mandela: “El mayor acto de
corrupción es aceptar un cargo para el que no estás preparado”.
La banalidad
de lo no técnico
Hannah
Arendt, en Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal
(1963), señaló que los grandes desastres institucionales muchas veces no
provienen de maldad deliberada, sino de personas que cumplen funciones para las
que no están capacitadas, sin pensar en las consecuencias. Trasladado al
deporte, esto significa que un dirigente sin formación técnica, aunque actúe
“de buena fe”, puede destruir en meses procesos que tardaron años en
consolidarse.
Legalidad y
legitimidad
Carlos Nino,
en Un país al margen de la ley (1992), sostuvo que la legalidad no
garantiza legitimidad. Una reasignación de presupuestos o un cambio en los
criterios de becas puede ser legal, pero si no responde a criterios técnicos ni
transparentes, pierde legitimidad y destruye confianza. En el alto rendimiento,
esto es especialmente crítico: cada decisión administrativa puede consolidar o
arruinar una carrera deportiva.
Acceder al
poder no es lo mismo que ejercer el poder
Acceder a la
conducción de un organismo deportivo suele ser producto de acuerdos políticos o
vínculos personales. Pero ejercer el poder requiere autoridad técnica, visión
institucional y ética pública. Cuando los cargos son ocupados por personas sin
formación ni competencias específicas, se produce un liderazgo sin rumbo, donde
la autoridad formal carece de capacidad real de conducción.
Los cuadros
técnicos —ya sean entrenadores, preparadores físicos, médicos, administradores,
financieros o comunicadores— deben ser seleccionados y conducidos por perfiles
igualmente técnicos. En el alto rendimiento, la diversidad de especialidades no
es un lujo: es una condición para que el sistema funcione.
Profesionalizar
para sostener el alto rendimiento
La
legitimidad de origen puede ser política, pero la sostenibilidad de las
políticas deportivas depende de la capacidad técnica de quienes gestionan. Cada
vez que un dirigente improvisado interrumpe una planificación, retrasa pagos,
cambia criterios de selección o improvisa un programa, no solo afecta la
eficiencia institucional: pone en riesgo trayectorias deportivas, desperdicia
recursos públicos y debilita la confianza del sistema.
Por eso, el
desafío del alto rendimiento deportivo es claro: construir organizaciones
técnicas verdaderamente dirigidas por técnicos. Solo así el financiamiento y
las políticas se traducirán en procesos sólidos, medallas sostenibles y
legitimidad social. En este nivel, las medallas no se ganan únicamente con el
esfuerzo del atleta en la pista o en el campo de juego: se ganan también en la
oficina, en la planificación, en la evaluación transparente y en la gestión
administrativa que respalda el rendimiento.