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#SOMOS EQUIPO - #EQUIPOARGENTINO

#SomosUnEquipo / #EquipoArgentino es un slogan que nos ha representado en los juegos sudamericanos, panamericanos u olímpicos, pero, no es solo un eslogan. Es una declaración de principios. Implica reconocer que los procesos colectivos necesitan voces diversas, roles complementarios y, sobre todo, una dosis indispensable de humildad. En este libro vas a encontrar el aporte de personas que alguna vez levantaron esa consigna y hoy decidieron sumarse a este proyecto intelectual y político para repensar el Alto Rendimiento Deportivo en Argentina, aun cuando no lideraban, aún cuando el centro no era suyo.

Otros, también promotores del lema, fueron especialmente invitados a participar. Son —o fueron— referentes con responsabilidad institucional, personas que han ocupado o aún ocupan puestos de alta conducción en el deporte argentino. Sin embargo, no respondieron o no encontraron el tiempo para sumarse. Y eso abre una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿es posible construir algo verdaderamente colectivo con quienes solo saben formar equipos que lideran, pero no pueden integrarse a uno que no controlan? ¿Puede alguien alimentar un proceso si no acepta nutrirse de otro?

En nuestra historia deportiva —como en nuestra historia institucional— muchas veces el fracaso no fue por falta de ideas, sino por exceso de egos. Porque para aprender del otro hay que escuchar, y para escuchar hay que tener la humildad de reconocer que no siempre se tiene la mejor respuesta.

Quizás algún día escribamos un libro sobre los atributos del liderazgo verdadero. Pero si hubiera que elegir uno para empezar, sería este: el buen líder no es el que siempre está al frente, sino el que sabe cuándo acompañar y cuándo ceder. Porque formar parte de un equipo implica, también, saber no ser el capitán.

En el libro "Cómo mueren las democracias" de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (2018), pag, 151, hay una hermosa frase que dice: 

“A Washington, la vida le había enseñado una verdad fundamental

sobre el poder: que este se consigue cediéndolo”

 

Esa enseñanza —fruto de una ética institucional profunda— es más que una anécdota histórica: es una lección urgente para todos aquellos que conducen espacios colectivos. Porque liderar no es eternizarse en el centro de la escena, sino saber construir un nosotros que pueda prescindir del yo. Y si eso es cierto para la democracia, también lo es para el deporte, donde el alto rendimiento institucional exige, antes que nada, una forma madura de entender el poder.